Dice Gary L. Francione que padecemos una esquizofrenia moral, refiriéndose a nuestra relación con los no humanos. Existen muchos ejemplos de esta patología que sufrimos. Una familia humana convive con un cerdo. Le tratan muy bien, atienden sus necesidades, y harán todo lo que esté en su mano para que esté bien. En cambio, son capaces de comerse a otros cerdos, son capaces de pagar para que les maten. ¿Cómo es posible esta disociación? Lo mismo podría decirse de la reacción que tenemos en Occidente cuando nos llegan las imágenes de los perros y gatos convertidos en comida en Asia. ¿Cómo nos indignamos ante esto y no ante la matanza igualmente injusta y horrible de vacas, cerdos, gallinas, atunes…?

Esta esquizofrenia a veces se manifiesta brutalmente en entornos rurales, donde puede darse el caso de ganaderos que estén criando durante mucho tiempo a algún animal, que le pongan nombre, que se preocupen por su “bienestar”, en definitiva, que le hayan personalizado de alguna manera, y que, llegado el momento, no tengan reparos en rebanarle el cuello, descuartizarle y vender su cuerpo troceado.

Estamos tremendamente condicionados por el entorno, y nuestros hábitos alimenticios, nuestra forma de relacionarnos con los demás animales, son producto principalmente de las ideas, valores y costumbres que hemos aprendido. Desde pequeños nos enseñan con quién tenemos que jugar y “qué”( más bien a quién) tenemos que comer. Interiorizamos esta esquizofrenia que nos lleva a proteger a unos y masacrar a otros al mismo tiempo.