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De cadenas alimenticias, leones hambrientos y tristes lechugas

España

«Y de qué queréis que nos alimentemos, ¿de lechuga?», repetía el señor mientras contemplaba a los 400 defensores de los animales sosteniendo imágenes tomadas en granjas industriales.

El señor llevaba de la mano a una niña pequeña que observaba con curiosidad las imágenes. Se trataba del acto conmemorativo del Día Internacional de los Derechos Animales organizado por Igualdad Animal en Madrid.

La irónica pregunta del viandante contrastaba con las caras de las personas que participaban en el acto. La carga emocional se reflejaba en sus rostros. De pie, en una abarrotada Puerta del Sol, estaban dando voz ante el mundo a animales anónimos atrapados en la maquinaria de la ganadería industrial.

 

«Es hora de enfrentarse a otra de las verdades incómodas de nuestros tiempos: la cadena alimenticia no justifica a la ganadería industrial».

 

Tres de los defensores de los animales sostenían en sus manos los cuerpos sin vida de animales de granja (un cerdito, un conejo y un pollo). Los cuerpos habían sido recogidos de un contenedor de basura en el exterior de una granja industrial.

Habían sido recogidos de contenedores de basura porque para la industria cárnica eso es lo que eran. Una vez que los animales se debilitan o no ganan peso al ritmo deseado, la industria cárnica los considera despojos.

El señor y los defensores estaban representando dos concepciones de ver el maltrato animal (y el mundo) de formas muy distintas. Es un ejemplo que se repite a menudo. Cuando no es la lechuga, algunas personas recurren al león hambriento en la sabana para deslegitimar la defensa de los animales de granja. La lógica es que el león se come a la cebra de la misma manera que nosotros nos comemos al pollo, ternero o cerdo; que formamos parte de una cadena alimenticia perfectamente desarrollada desde el principio de los tiempos.

El problema es que la ganadería industrial solo ha existido desde hace 60 años y la cadena alimenticia nada tiene que ver con ella.

Es hora de enfrentarse a otra de las verdades incómodas de nuestros tiempos: la cadena alimenticia no justifica a la ganadería industrial.

¿Cómo podría nuestro consumo de carne justificar a la mayor causante de maltrato animal de la historia y al principal factor para el cambio climático? La verdad es que nosotros, todos nosotros, los consumidores, somos mejores que la ganadería industrial y la industria cárnica.

Sin embargo, vivimos en una ignorancia impuesta por el ocultismo de las industrias alimentarias. ¿Cómo se produce una hamburguesa de carne, una bandeja de pollo?; ¿cómo es el proceso que acaba con esos grandes trozos de carne de las carnicerías?

No lo sabemos. Y no es casualidad que no lo sepamos. Más allá de los señores preocupados por alimentarse solo de tristes lechugas, hay una creciente cantidad de consumidores cada vez más preocupados por el trato que se da a los animales en las granjas industriales y mataderos.

Son (somos) consumidores cada vez más conscientes. Más dispuestos a exigir a las industrias alimentarias claridad en la producción de alimentos. Y este cambio está sucediendo, en buena medida, gracias al poder de las investigaciones de las organizaciones de protección animal en el seno de estas industrias sin escrúpulos.

Hay una verdad irrefutable: la mayoría de personas se declaran abiertamente contra el maltrato animal, pero lamentablemente desconocen el desproporcionado maltrato al que se ven sometidos los animales de granja.

Afortunadamente, las personas que incorporan más platos vegetarianos descubren que hay todo un mundo más allá de la carne (y de la lechuga).

Y esto son buenas noticias para todos, pero, sobre todo, para los animales.

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